II. Antología. «Héroes»

Convertimos en oro todo el dolor.

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HACIENDO CEMENTO CON MARIPOSAS — MARÍA JESÚS JUAN

Nada de lo planeado había salido hasta ese momento como quería.

Las horas de estudio se habían convertido en inútiles suspensos que mandaban al fondo del mar su tan ansiada beca, sus ganas de Erasmus, su afán por conquistar Europa. En casa todo eran gritos, preguntas sin respuesta que tampoco encontraba en los brazos de sus amigos ni en las noches de fiesta en la terraza del Holiday. Gente, ruido… lo que al final la llevaba a encontrarse sola.

Se veía fuera de lugar en un mundo en el que los demás vivían de pura pose: morritos, sonrisas, lugares exóticos, poses imposibles luciendo colores. Todo postureo, redes sociales llenas de “voyeur”, borregos que miran mucho y les interesa poco.

Pero a pesar de todo eso sabía que cada salto de ola tenía un sentido, que cada fracaso suponía un nuevo impulso para salir a flote, que cada experiencia la ayudaba a modelarse, a construirse como la mejor de las esculturas, como el más íntegro de los edificios.

Eso sí que era importante.

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TRAS EL DOLOR DE LAS ESPINAS — CELIA AÑÓ

El palacio estaba en ruinas. El suelo se resquebrajaba bajo sus pies, baldosas partidas, desmigajadas, grietas recubiertas por espinas; las columnas estaban tan torcidas que tropezaban, formando nuevos arcos en sustitución de los que se habían derrumbado. Habían apartado la mayoría de escombros para facilitar el paso, pero no era suficiente, solo un apaño chapucero que remarcaba aún más el estado en decadencia del castillo. El caballero no se amedrentó pese a que con cada pisada todo parecía amenazar con hundirse. Había una música al final, que recorría pasadizos sucios, galerías irreconocibles y escaleras sin casi peldaños. Las notas trazaban un camino en aquel laberinto de casquetes y cachivaches, indicándole a dónde ir, incitándole a continuar.

En el centro de la ruñía, estaba la sala del trono, engalanada con rosas que colgaban de las enredaderas. La música surgía de flautas de hueso tocadas por ardillas amaestradas. No era una melodía como tal, no había acuerdo en los acordes, ni harmonía en el conjunto, pero pese a todo era agradable de escuchar. Calmaba, lograba que por un momento todos regresasen al pasado, a los años antes de la maldición del hada oscura.

La princesa estaba en el centro, hablando con los pocos invitados que habían llegado. Pálida y ojerosa, con las enredaderas surgiendo de su espalda y el cuerpo deforme, casi convertido en árbol por completo. Y aun así, feliz ante la idea de celebrar su décimo séptimo cumpleaños.

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Y AUN ASÍ — @AMORLECTOR

No quería odiarte,

y aun así lo hice.

No quería que me dañaras,

y aun así lo hiciste.

Cada parte de mí la cortas,

haciéndola sangrar.

Siempre con pequeñas gotas

que acababan siendo un mar.

Me dañabas,

y te odié por dañar.

Y aun así aquí sigo.

Te sigo queriendo amar.

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COSAS ROTAS — SONIA LERONES

A la gente le suele gustar las cosas rotas, las almas con agujeros.

Les gusta mirar, quedarse fijamente observando, como deleitándose unas veces y otras asqueándose ante el mal ajeno. Les gusta sentir la vulnerabilidad porque ellos se sienten más fuertes. Y quién puede negar que la inseguridad es terrible.

Les gusta tratar de remendar las heridas con parches, tratar de coser el dolor que solo crece y crece. Como si tú no supieras cómo curarte, como si supiesen que quieres sanar.

Decidiendo por ti.

Como si no fueras más que una muñeca sin un brazo  al que hay que arreglar. Una marioneta sin corazón. Un continente sin contenido. Los trozos destrozados de un jarrón.

A la gente le seduce la idea de contemplar la inmensidad. Lo que no pueden tocar. Cuando en realidad lo que hacen es herir para intentar sanar.

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CARNAVAL  CARLA RODRÍGUEZ

Sacó la barra de labios y se miró en el espejo.

Las ojeras, la palidez, el moratón que coloreaba su cara con un pequeño mapa; todo había desaparecido. Tan solo quedaban unos grandes ojos marrones tristes. No debía llorar. Si lloraba, todo se desintegraría en diminutas partículas de nada. Y había algo que proteger.

«Mamá, han llegado los abuelos», gritó el pequeño escaleras abajo.

Esgrimió una sonrisa y la máscara quedó terminada.

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HÉROES — ARTURO URBANOS

Cuando pensamos en héroes se nos viene a la cabeza personajes como Hércules por los doce trabajos y demás hazañas, Aquiles y la Guerra de Troya, Odiseo… Todos esos fueron héroes pasados, personas de las que nos han llegado algunas de sus heroicidades escritas en epopeyas, y ya los mitificamos.

Pero los héroes no han desaparecido, existen hoy en día pero no los vemos.

No nos damos cuenta de todas esas personas que día a día trabajan en condiciones precarias para poder sobrevivir y que encima luchan por sacarle una sonrisa a sus hijos u otros seres queridos, por darles todo lo que merecen.

No escuchamos a todos esos hombres y mujeres que por amar (o por tener una atracción distinta a la norma) ya están condenados a luchar contra una sociedad injusta. Y ni susurros oímos de las personas que luchan por su identidad, ya que ni eso les concedieron al nacer.

Tampoco se perciben (o no queremos hacer caso) a los gritos de gente maltratada y humillada por su raza. Al parecer, nacer en un lugar diferente de la Tierra y ser criado en otra cultura es algo que hace inferiores a las personas que, curiosamente, no son caucásicas.

Y estos son solo unos pocos de los héroes que existen en la actualidad, gente que sin ayuda de seres divinos luchan cada día contra una sociedad que va a hacer todo lo posible por hacer su vida miserable. Son personas que aún con esta carga pelean por hacer lo que quieren.

A algunos de los que luchan, y tristemente perecen, se los recuerda. Otros héroes como ellos lloramos al conocer su final después de toda su lucha. Pero eso no nos achanta, eso nos hace querer con más fuerzas un mundo mejor.

Convertimos en oro todo ese dolor.

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EL HILO ROJO — ALICIA GADI

A mi madre

Te sientas al lado de la ventana, donde aún caen los últimos rayos del atardecer. Aprovechas la última gota de luz para hilvanar esa falda que tanto quería. Te inclinas hacia adelante y, poco a poco, la curva de tu espalda se recorta en las baldosas de la cocina. El polvo del ambiente que escupe el algodón cada vez que acaricias la tela cae sobre ti como polvo de hadas. Como un conjuro, como si tus dedos estuviesen a punto de obrar magia.

Tu dedo corazón lleva un sombrero plateado. Reluce bajo el sol y tintinea cada vez que arrastras la mano por la mesa. Lames la punta del hilo blanco y, en un par de intentos, consigues enhebrar la aguja. Sabes que nunca lograrás introducirlo a la primera. Y, entonces, empujas la aguja con el dedal. El hilván, desgastado y frágil, viaja a través de un mar burdeos. Frunces la tela y dibujas el perfil de las olas con ella. Te centras en la labor, y yo me pregunto, de mientras, que si esa es tu forma de recordar el pueblo del que tuviste que marcharte una vez. Que si esa es tu forma de recordar esas clases de corte y confección de la infancia, que si esa es tu forma de recordar a la hermana a la que tuviste que enseñar a coser con la mano izquierda, aunque fueras diestra.

«Cuidado, que le he puesto un par de agujas para que no se desmonte», me dices antes de rodearme la cintura con la falda. «¿Cómo te la ves?» Los pliegues del algodón se mantienen juntos: todos tienen la misma anchura y longitud. Me sorprende que una persona tenga tanto ojo para calcular sin cinta métrica el plisado de una falda. «Te voy a coger un poquito de la espalda, ¿vale?», continúas, mientras tus dedos hacen pinza en la base de mi columna. «Le pasaré una puntada invisible.» Y colocas, uno a uno, los alfileres a pocos centímetros de mi piel. Siento ese miedo irracional a que me pinches, por mucho que lo niegues y te justifiques con un «tengo un dedo detrás». Me sujetas el lado de la cintura para que deje de girarme, y tu piel dura me recuerda a la infancia, cuando cumplías mis sueños infantiles confeccionándome todos los disfraces que quisiera, dejando que me convirtiera en todo lo que quisiera por un día; porque tus manos no lanzaban hechizos, sino que los cosían.

Cierro los ojos y clavo las uñas en el algodón, que me trae de vuelta el recuerdo de una tienda de telas y de un paseo madre e hija, de estanterías repletas de bobinas hasta el techo y de un remolino de colores, de mil dudas que tú solo sabías responder: «Esto es mezcla de algodón y poliéster, pero es demasiado grueso para que el plisado coja la forma.» En ese entonces yo asentí, sin tener ni idea de lo que estabas hablando; pero parecías tan convencida que te di la razón.

Contemplo tu escena de nuevo, y descubro que has vuelto a sentarte sin que yo me percate de ello. Ahora con un hilo rojo, mucho más fino y rígido que el anterior, punteas la pinza que has marcado con alfileres. Enciendo la luz de la cocina y, apoyada en la pared mientras te observo, te pregunto que si sabías que para los japoneses el hilo rojo simbolizaba la unión. Y tú asientes, sin tener ni idea de lo que estoy hablando. Sabes que no es la primera vez que te cuento esa historia.

Sin embargo, cada vez que te la repito, estoy más convencida de que es una historia real.

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ESTRELLA POLAR — LAURA CORATGÉ

Renacemos.

Renacemos, sí, o eso decías. Lo gritabas con toda la voz de tus pulmones cuando la casa quedaba vacía. Lo proclamabas entre risas, con chispas de orgullos en tus ojos de lechuza sabia, mientras alzabas tus cicatrices al girar sin orden ni concierto por todo el salón.

Lo reconozco, jamás he visto a ninguna otra persona mostrarlas con tanta alegría. Tú no te escondes, esa palabra no ha existido jamás en tu diccionario. Porque, para qué avergonzarte si son las pruebas de haber conseguido recuperar tu vida. Para qué ocultarlas en vez de mostrar orgullo por haberlas visto sanar y cerrarse. ¿Por qué la gente teme a las cicatrices en vez de alegrarse de haber podido curar la herida? Nunca lo has entendido y, a día de hoy, yo sigo sin saber darte una respuesta.

Siempre lo has dicho: el dolor no es plato de buen gusto, pero nos hace fuertes. El silencio hiela, nos ata, se clava. Pero, cuando desaparece, los sonidos siempre parecen mucho más hermosos.

Decías que los adultos deberíamos aprender de los niños. Tener la capacidad de llorar cuando algo nos haga daño, para luego regenerarnos y volver con más fuerza a lo que estábamos haciendo. Dejar salir las cargas en forma de lágrimas, permitirnos sentir y disfrutar… Lo ponías en práctica, sin duda. Aunque desde que te conozco has sido una persona de sonrisa perenne, nunca te ha dado miedo llorar o gritar cuando el mundo echaba todo el peso sobre tu espalda. Y a lo mejor ahora yo debería aprender de ti. Buscar el modo de no avergonzarme de mis lágrimas para poder sentirme en paz… ¿Sonreír? Cuesta mucho ahora, con la casa tan vacía. Me faltan muecas y flores, me falta la terraza llena de tierra y el dolor de cabeza que me causaba la música demasiado alta. Me faltan tus libros desparramados por los sillones y tus manos repletas de tinta. Me falta indignación cuando pongo el telediario, alguien que me quite el mando de la tele para poner documentales sobre pingüinos cuando intento ver un partido.

Me faltas. Pero el mundo sigue y no te espera. No como yo que cada noche me quedo mirando la puerta con la esperanza de ver cómo la cruzas una vez más.

Sin embargo, tengo suerte. Me enseñaste a mirar y ahora solo tengo que cruzar el pasillo para recibir una sonrisa. No es la tuya y me alegra comprobar que eso no la hace menos bonita.

¿Sabes? Empiezo a pensar que tenías razón: todos renacemos. Nos servimos del dolor para aprender y ver la luz, es cierto, pero hay que mirar hacia arriba. Hacia la estrella Polar, como en ese cuento que tanto te gustaba repetirle una y otra noche. Al final se lo ha aprendido de memoria: cuando una vida abandona el mundo, sube al cielo para convertirse en estrella. Desde allí, dedica el resto de su tiempo a cuidar con su luz a quienes más quiere.

Estoy convencido de que lo hiciste. De alguna forma, has dejado tu luz en sus ojos. Son tan castaños como los tuyos y, tal como me pasaba contigo, vuelven los días menos malos cada vez que me miran.

Ahora es ella quien llena el espacio de tus libros con juguetes que nunca se acuerda de recoger. La que me quita el mando de la tele para poner dibujos porque le aburren los partidos y la que intercambia cuentos conmigo cada noche antes de dormir.

Por supuesto, el de la estrella Polar sigue siendo su preferido. A veces me pregunta si ahora eres una estrella y no puedo más que reírme, aunque nunca respondo.

No sé qué eres, ni dónde estás. Solo tengo claro que nunca vas a irte del todo, porque ahora es ella quien lleva esa luz tan tuya.

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DERECHA, IZQUIERDA, DERECHA — LAURA TÁRRAGA

—¡Abuela! ¡Mira! ¡Otra de tus películas!

—Vaya, ¿cuál es esta vez? —pregunto restándole importancia. Tengo que parecer fuerte.

—«Manteniendo los sueños rotos» −dice divertida mientras sube el volumen del televisor.

Tengo que apartar la vista y hago un gran esfuerzo por no taparme los oídos. Tan solo la música ya consigue taladrarme el cerebro.

Hago como si no estuviera sucediendo nada a mí alrededor. Vuelvo la vista a mi libro. Leo la frase por la que me había quedado, entrecierro los ojos para enfocar mejor la vista. Me escuecen. Están demasiado maltratados.

—Mira, abuela. —Zahara vuelve a desconcentrarme… si es que realmente había conseguido volver a retomar la lectura—. ¡Ya sales! —Hace una pausa expectante—. Me gusta mucho tu vestido.

Admiro a la niña que sale en escena, tiene la melena rubia recogida en una cola de caballo adornada con un enorme lazo azul del mismo color que su vestidito, está arropada por un gran abrigo de piel marrón. Sonríe mientras camina por el interior de una pequeña habitación, su rostro cambia por completo al darse cuenta de su entorno. Siempre pensé que iba demasiado bien vestida para ese escenario, pero claro, de eso se trataba.

Derecha, izquierda, derecha.

Siempre debía empezar a caminar con el pie derecho para que no se notara el cambio de plano, para que fuera más sencillo repetir las escenas.

Derecha, izquierda, derecha.

Esos zapatos… Esos malditos zapatos hacían demasiado ruido al caminar.

Derecha, izquierda, derecha.

Treinta veces repetí esa escena. Nunca estaban conformes.

Derecha, izquierda, derecha.

Se detiene. Tras la niña bien vestida aparece su tía, la que se ha hecho cargo de ella desde que se quedó huérfana. La mujer deposita en el suelo dos grandes maletas y se vuelve para cerrar la puerta de la habitación con una vieja llave oxidada.

Abro la boca y susurro al mismo tiempo que la niña pronuncia su frase. Las dos nos sabemos perfectamente el diálogo, lo hemos repetido infinitas veces.

—¡No me gusta esta casa!

La niña se cruza de brazos bruscamente a la vez que arruga sus labios para aparentar enfado.

«Recuerda que debes estar muy enfadada» me dijo demasiadas veces. «Vamos, que te tengo que imitar a ti» me hubiera gustado contestarle en multitud de ocasiones, aunque quien realmente estaba enfadada en esas situaciones era mi lengua, que se retorcía de dolor de tanto morderla.

Ya empiezan a arderme los ojos, algo normal cuando rememoro. Suelto una pequeña bocanada de aire para relajar a mi viejo corazón que ya no está tan fuerte como antaño.

Zahara sonríe orgullosa de verme en la tele. Es mi seguidora número uno. Ha conseguido todas las películas y me obligó a que le firmara cada una de las carátulas y posters que fue adquiriendo en tiendas de antigüedades.

¿Cómo iba yo a negarle nada?

Tardé dos meses en conseguirlo. Dos eternos meses en los que me enfrentaba a todos los recuerdos aplastantes que se hacían con el control de mi mente. Dos meses que me hacían viajar atrás. Carátulas en las que una pequeña y antigua imagen de mí se convertían en mi pesadilla.

—Algún día seré como tú, abuela. Mamá me ha apuntado a clases de canto, dicen que no lo hago mal, que tengo que mejorar la afinación.

Le sonrío. Cualquier cosa que ella diga me hará estar orgullosa. Pero lo mío no debería repetirse. Nunca.

Zarandeo la cabeza cuando se vuelve a centrar en la película e intento poner toda mi atención en el libro. Me tapo ambos oídos con las manos para no escuchar el clic, cloc, clic, cloc que hacen esos malditos zapatos contra el suelo de falsa madera.

Demasiado maquillaje. La niña lleva demasiado maquillaje para ser una niña. Mírala, tiene la piel llena de polvo. Mi vista ya no es lo que era, es más, estoy segura de que esa imagen está metida en mi cabeza. Que tan solo es un recuerdo, porque puedo ver el gigantesco espejo iluminado que observa mi piel recién maquillada. La niña tiene los ojos llorosos e intenta secárselos sin dañar ni una mota de polvo compacto. Han tardado ya demasiadas horas en dejarla así de guapa como para estropearlo. Siempre lo estropeaba todo: el maquillaje, las escenas, los bailes, los cantos. La niña era un desastre y, no llegaba a entender, cómo si era tan desastre era tan necesaria en aquellos lugares. ¿Por qué no la dejaban volver a su casa? ¿Por qué no podía ir con sus amigas a jugar?

Había visto al resto de niños del set de rodaje, a ninguno de ellos parecía importarle nada de lo que allí ocurría, parecía que todos estaban entusiasmados con la idea de salir en una película, con la idea de verse en el cine, de poder presumir ante sus amigos de lo que les había tocado hacer. Y claro, de decir que habían estado conmigo.

En realidad, el resto de niños ni se molestaba en entablar una conversación, ni siquiera se atrevían a acercarse a mí si no era necesario para la película. Prácticamente me tenían aislada.

Había conseguido secarme los ojos sin tocarme el maquillaje, sorbí por la nariz un par de veces y respiré hondo contando hasta diez. Solté el aire en cuanto mis nervios se calmaron.

Si llegaba tarde a rodaje iba a ser peor.

Repasé mentalmente todo mi diálogo de aquel día aunque claro, ya me lo sabía todo del tirón. No quería dar ningún motivo de queja. No podía dar mala impresión el primer día de rodaje.

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MAR — JOAQUÍN CASADO PALENZUELA

Se llamaba Mar, pero para los jurados del castin era Cincuenta y Dos.

-Adelante –una voz más de metal que de carne consiguió que su espina dorsal temblara–. Buena suerte.

«Buena suerte».

La chica de ojos de caracola ya había escuchado muchas veces esa locución nominal. Y ya no creía en ella; por ello, la había degrado a la mera lingüística.

La música sonó. Su sistema nervioso se encendió y, como la mujer que era –y como la niña que tuvo que dejar de ser–, cerró los ojos y dejó que las plantas de sus pies repitieran todos los movimientos que se conocía a la perfección. Su cadera se adaptaba a ese baile mejor que a su epidermis. Sus pies habían sangrado tanto esa canción que ya eran más de aquel compás que de ella.

Esa no era la canción que quería bailar. Pero, llegados a ese punto, ¿a quién le importaba?

Ya nadie quería bailar con la chica de camisa vaquera. Se lo había grabado a fuego en la piel tan adentro que sus coronarias latían bajo ese apático himno.

Las luces iluminaban su palidez. Blanca como la espuma de mar, blanca como una película. Blanca como la Navidad que no había celebrado desde los nueve años, cuando su padre las abandonó. Pero a quién le importaba. Solo era Cincuenta y Dos.

One, two, tree.

Giro. Pirueta. Y otro giro.

Solo hacía cuatro años desde que se cortó el pelo. Lo recordaba: ese día, dejó de cortarse. Era la primera vez en mucho tiempo que no veía las cuchillas de las tijeras sin su sangre.

También recordaba todos los cuerpos que pasaron por ella en esa etapa. Todos los cuerpos que la presionaron debajo de las sábanas. Y el dolor que venía después.

Cuántas mudanzas a medio hacer les habían dejado en su piel.

El salto fue excelente. Milimetrado, como en una probeta.

Mar se recordaba a sí misma en los espejos. Cuando era pequeña apenas podía llegar a él, pero, a medida que fue creciendo, vio cómo se marchitaba. Cómo los antidepresivos de mamá se acumulaban hasta dar paso a los de ella. Pero, para cuando eso ocurrió, ya no era el mismo espejo, ni la misma casa, ni la misma chica. Los ojos de caracola dieron paso a las ojeras de agujeros de gusano.

Los escuchaba. Murmuraban. Murmuraban por ella.

Solo había visto a su tocayo –el mar– una vez en su vida. Su madre la llevó un octubre de poco sol; el agua estaba tan fría que Mar no se atrevió a meterse. En su lugar, contempló cómo su madre se retorcía en el agua. Cómo chapoteaba y cómo, por unos instantes que se podían milimetrar en la misma probeta con la que había dado el salto del baile, dejaba aflorar a aquella niña que luchaba en la bambalina de la depresión. Parecía una mujer diferente. Una mujer mejor.

Las manos se tendían en el espacio hasta camuflarse dentro de la luz, del foco, de la cortina roja. La madera estaba en sintonía con su fisiología.

No supo muy bien lidiar con el suicidio de su madre. Simplemente, después de aquel día de playa, se ahorcó. Vio cómo aquella cara que en cuestión de horas había sonreído después de años de depresión le devolvía una tétrica sonrisa suicida (y final). Mar solo tenía trece años.

Se mudó con su tía, la cual la recordaría en la nube de polvo casero y tabaco, y en las libretas azules que llenaba de historias que ella nunca podía leer. También recordaría el azul de la habitación en la que viviría hasta los diecisiete años.

Más. Más. Solo quería más. Quería que su sangre fuera las sábanas, que la planta de sus pies fuera la madera. Quería que sus lágrimas fueran los aplausos del público. Lo quería todo.

Su cuerpo pasó a ser poesía a los dieciséis años. Apenas supo cómo, pero acabó posando. Y posando. Y posando. Las poses hicieron que conociera a Tali. No pudo decir que fue su primer amor, pero fue la única que supo llenarla cuando el mundo solo quería vaciarla. Cuando Tali se fue, Mar se inundó con sus propias lágrimas. Y empezaron los cortes.

One, two, tree.

Negro. Poco más. Negras pestañas, negras pupilas; negros sueños, negras pesadillas, negros pensamientos intrusivos. Negro sobre negro, como su tocayo en una noche sin luna.

«No puedo más», le suplicaban sus tendones. Llevaba perfeccionando aquella danza desde la una de la mañana durante más de dos meses.

«No es nuestro problema», le mortificaban todos los fantasmas en una sola voz metálica y trasversal.

Trece sobre catorce en Selectividad. Su tía nunca le dijo nada por querer estudiar Literatura en otra provincia. Cuando se mudó a la residencia, ella murió. De testamento, heredó aquellos cuadernos zarcos. A menudo se preguntaba si su tía estaría viéndola mientras los releía una y otra vez. ¿Cómo pudo una mujer con tanta voz callarse toda una vida?

Tiempo. Cuatro años que se convirtieron en seis por su depresión. Una licenciatura que acabó en recaídas, en ansiedad, en trabajos a media jornada y en tirar las tijeras a la basura. Una licenciatura que acabó en el baile, en cerrar los ojos, en tomar aire y solo abrirlos en las noches de insomnio.

«Solo un par de pasos más», se lo pronunció tan bajo que consiguió que los espectros no lo escucharan.

Mar no era feliz. Nunca lo había sido. Tampoco es que hubiera conocido un modelo de felicidad claro: su madre, su tía, su padre, los chicos con los que se había acostado… ni siquiera los libros pudieron enseñarle el significado puro de aquel término tan quimérico. No había tenido amigos de verdad. Solo Tali había sido su amiga. Hasta que empezaron los besos y el amor se hizo paso, claro. Tali la susurró cuando los gritos, como cuervos negros –negros pensamientos, negros sueños–, no la dejaban dormir. Aprendió a dormirse en sus brazos y, cuando estos desaparecieron, el insomnio pasó a ser parte del pastillero.

One, two, tree.

Pero no le importaba. No a los demás, no: no le importaba a ella. Mar quería bailar hasta que sus costillas se fundieran con la música. Quería que sus venas y arterias fueran una extensión de sí misma; quería transmitir su fuerza a quienes pudieran verla bailar. Quería enseñarles a todos que, si ella podía seguir hacia delante habiendo dejado atrás todo lo que había vivido y sentido, ellos también podían. Aunque no fuera la canción que quería, ella la quería bailar.

Quería enseñarles que toda mujer tiene un legado tanto detrás como delante. El recuerdo de su madre en el mar, de su tía fumando y escribiendo, y de Tali y sus caricias sinceras, constituían el legado que ellas les había dejado. Mar ya había cogido el relevo, pero quería que a la siguiente que lo tomara pudiera estar más cerca de saber qué era la felicidad. La de verdad, no la procesada.

La prueba terminó. Cincuenta y Dos se fue sabiendo que cada paso que había dado en la tarima era parte de su historia. La que legarían quienes la vieran.

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3 respuestas a “II. Antología. «Héroes»

  1. nc64 dice:

    Ay, ¡son todos fantásticos! Me siento super afortunade de encontrarme rodeade de tanta calidad, de verdad ^^
    Y de nuevo, muchas gracias por hacer esta antología; hacen mucha falta más proyectos así ❤
    Un beso nuboso,
    C.

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