No eres tú, soy yo

 

Me sorprendo cuando escribo,

cuando las palabras salen y manchan mis dedos de tinta.

Los uso para colorear el mundo

y tachar, en realidad, los colores.

Las letras se mezclan menos en el papel,

ahogan menos cuando no me rodean el cuello,

cuando están muertas en mi boca.

Me sorprendo cuando callo

cuando dejo que ellas me gobiernen

y me convierto en un silencio más en la partitura.

Ahora la tinta lo cubre todo,

corre espesa por mi garganta

y me gustaría decirme que no soy

que eres tú.

Me sorprendo cuando soy consciente

y no eres tú

y no soy yo

y no tengo voz para gritarlo.

 

 

Un poco de información sólo.

Después de meses desaparecida —que no sin escribir—, he vuelto. Está siendo muy difícil compaginar los estudios con todo lo demás (ahora todo lo que no sea estudiar es “todo lo demás”) así que apenas he tenido tiempo para escribir. He estado corrigiendo La casa de los artistas (¡no me queda nada!) y planeando una nueva a la que he llamado #ProyectoDestino.

 

Como no tengo nada nuevo escrito, sólo un par de relatos en euskera, pero no todos los entenderíais, he decidido que subiré algún pequeño fragmento y algo de información de los proyectos en los que estoy metida para poneros un poco al día a los que os interese. Pronto subiré relatos en los que estoy trabajando, ajenos a estas dos novelas.

LA CASA DE LOS ARTISTAS

Joe asintió, aunque sus párpados se cerraron para evitar mirar a los ojos a su amigo. ¿Cuántas veces había escuchado esas mismas palabras? ¿Cuántas veces había sido Jaime el hombro sobre el que llorar, el que le decía lo que necesitaba oír aunque no lo quisiera? Y, ¿cuántas ves lo había ignorado? Ni siquiera se atrevía a contarlas.
—¿Por qué te empeñas en aferrarte a esto como a un clavo ardiendo? Tuviste vida antes de esto, la tienes ahora. Nada en ti ha cambiado; ni tus gustos, ni tu extraordinaria forma de ver el mundo. Deja que las personas conozcan esa parte de ti.

(Jaime Fuentes y Joseph Rothstein —La casa de los artistas)

Y era mucho peor sentirse la culpable de todo eso. Inútil. Desechable. Abandonada.
—No quiero quedarme sola.
Él se detuvo, pero sus palabras no.
—Ya estás sola. Y no me mires así. Estás sola ahora porque no quieres estar sola después, pero eso no tiene un límite de horas tras el cual dejas de estarlo. No puedes decidir estar sola ahora, rechazar a todo el mundo, creyendo que así en unos años dejarás de estarlo. Es estúpido.

(Anya Thompson y Joseph Rothstein —La casa de los artistas)

La pintura blanca parecía cobrar vida en sus manos, se alzaba en el aire y volvía a caer, al suelo, sobre ellos, manchándolo todo del mismo color que bañaba las calles en ese momento. Convertía el suelo y sus cuerpos en lienzos vacíos que había que rellenar; las salpicaduras bañaron las paredes de estrellas brillantes y las risas dieron banda sonora a la noche. No hubo cena, ni canciones, nadie habló del árbol sucio ni de los adornos a medio poner y los que descansaban en las cajas. No fue necesario el deseo de una estrella fugaz para que esa noche de domingo fuera más especial que cualquier Navidad.

#PROYECTODESTINO

De esta nueva novela aún no hay nada escrito, así que me limitaré a daros unas pequeñas pinceladas porque estoy muy emocionada.

La novela se desarrolla en la Inglaterra de principios del siglo XX y va a estar relacionada con la leyenda del hilo rojo japonesa (si queréis más información os dejo un enlace aquí). La protagonista, Olivie Darling, será parte del movimiento sufragista (estoy taaaaaan emocionada) y tendrá problemas con “el hilo rojo”.

 

Mort

Escribe un relato que comience en un día de Año Nuevo.

Si queréis saber más sobre este nuevo proyecto, encontraréis más información en la página de 52 retos de escritura. Espero que disfrutéis de la lectura de este primer reto, ¡un saludo!

Yo ya me conocía el final de la historia. Quizás esa fuera la parte que más me gustaba de mi trabajo: yo lo sabía todo. Había escuchado su grito mucho antes de que lo emitiera, mucho antes de que fuera consciente de lo que estaba ocurriendo.

Si el conocimiento era lo que más apreciaba de mi profesión, también era lo que más me costaba controlar. Cuántas veces quise darme la vuelta, hacer como si nunca hubiera sentido ese pinchazo en las costillas que era la señal. Pero, lo mío no era algo de lo que pudiera desprenderme, y tenía que observar cada uno de esos rostros que desfilaban ante mí como si yo fuera la responsable de sus muecas de horror. Era un pequeño pasaje de mis propios monstruos.

Ella estaba allí y yo veía su nariz dirigida hacia la televisión. Su cabello corría y se deslizaba alrededor de su cuello, brillante a causa de la blanquecina luz que salía del aparato.  Era increíble contemplar el ritmo pausado que la rodeaba en aquel lugar en el que todo discurría con velocidad, el tiempo acelerado por la exaltación del momento. Sus manos rozaban delicadamente el plato con las yemas de los dedos, su mirada se perdía en algún punto entre la marea de gente.

Me dolía, de verdad que lo hacía, porque era 31 de diciembre y las nuevas etapas no deberían comenzar así. Pero, ¿qué podía hacer yo? No era mi culpa, me repetía constantemente, como si pudiera expiar todos mis pecados. Yo solo era la intermediaria, un peón puesto por el destino para poder mover los hilos a su antojo, para usar mis manos en los trabajos más delicados. Para infundir respeto, miedo, para poder llevar a cabo sus tareas más macabras. Yo solo trabajaba.

Ella no me vio entre toda esa gente resplandeciente. Los vestidos más largos arrastraban con sus bajos los problemas que se habían ido impregnando en la piel esos últimos meses, como si el sucio suelo del club fuese el lugar idóneo para abandonarlos. Lentejuelas, corbatas, pajaritas y un liquido burbujeante que intentaban hacer elegante ese grotesco espectáculo. ¿Acaso habían olvidado?

Aun así, estoy segura de que si se hubiera fijado en la esquina en la que yo esperaba, me hubiese visto; algo en su postura me lo decía.

Un minuto. ¿Qué era un minuto para mi eterna vida? Pero, ese instante era especial, marcaba un antes y un después en las mentes de esas personas que se aferraban a la idea de un nuevo comienzo. Nuevo, como los zapatos recién comprados para la ocasión, como nuevos serían los problemas. Mis manos se tensaron a medida que se acercaba el momento; un cosquilleo conocido me recorrió el cuerpo en una ola de electricidad.

Observé cómo los de la joven se cerraban alrededor de una de las uvas; se la llevó a la boca cuando el primer gong sonó. «Todavía no», me dije, controlando ese instinto qutumblr_static_xjs2xdspob4cg84sc8gc8gkc_640_v2e me empujaba a ella, que seguía encorvada sobre su plato. Las plumas que llevaba adornando la cabeza se balancearon mientras repetía el proceso con la segunda campanada.

Llegó mi momento, mi gran entrada triunfal a la que yo me presentaba desganada. Cada paso, cada metro más cerca de ella era todavía más doloroso. No había excepciones, ni siquiera para ella, para todos esos planes de futuro que me golpearon como un fuerte olor a perfume. Me encantaría poder concederle sus deseos.

Se atragantó. Esa era otra de las muchas cosas que ya sabía: su muerte. La sabía porque yo la llevaría a su perdición y después jamás recordaría su cara, sus rasgos, esos ojos oscuros que me lanzaron una última mirada suplicante antes de que mi mano extrajera hasta el más mínimo recuerdo, cada parte de su alma.

Entonces, ella se vino conmigo. Personne n’échappe à la mort.

Y todo lo bueno pasó.

Otra vez, la entrada de hoy no es un relato. Estoy tan sumergida en la corrección de la novela que apenas tengo tiempo para escribir fuera de ella. Ni tiempo, ni inspiración.

Por eso, he decidido que antes de que se acabe el año quiero hacer una recopilación de todas esas cosas buenas que me han pasado estos últimos doce meses. O más. Porque para mí, el año no empezó ese uno de enero. Empezó cuando yo empecé a cambiar. Y desde hace un tiempo, he descubierto cosas maravillosas que he querido compartir aquí.

Ya que uno de los temas principales de este año ha sido la literatura, voy a empezar por descargaallí. Este año he empezado a escribir en serio. Como los escritores de verdad. He descubierto que solo era cuestión de encontrar con qué me sentía cómoda, de crear algo que yo estuviese dispuesta a leer. Y creer. Creer en cada palabra que escribía, porque, en el fondo, a escribir se aprende practicando. Le he dedicado tiempo, esfuerzo y ganas y estoy tan orgullosa de haber terminado La casa de los artistas que apenas me lo creo.

A raíz de volver a retomar la escritura, he encontrado una comunidad de lectores, escritores… que han sido como un bote salvavidas. He conocido a gente nueva, de muchos sitios, gente diferente, personas que me han descubierto sus historias para inspirarme. Han sido pequeños soles en este viaje y gente que, aun estando a muchos kilómetros de mí, me han demostrado que todo se puede. Me gustaría recalcar a tres personas. Por un lado, Antonia; fue la primera, el primer contacto que tuve con gente como yo, gente que amaba escribir, que ponía empeño en lo que quería. Me ha ayudado
muchísimo con la corrección de la novela, además de que siempre ha creído en mí.

Por otro lado, está Bea. ¿Qué decir de ella? Yo la seguía desde hacía bastantes años, había leído sus novelas, había leído sus pensamientos. Y, ahora que he hablado con ella, puedo decir que hasido de lo mejor de este año. Es la persona más dulce que he conocido en mi vida, un autentico apoyo en todos los sentidos y un gran ejemplo a seguir. Estoy muy orgullosa de ella y de todo lo que ha conseguido, además de la gran fuente de inspiración que ha sido para mí estos últimos meses.

Y, por último, Ana. La conocí gracias a Bea y no me extraña que sean amigas. Al igual que ella, Ana es un cielo, una persona con un enorme corazón y con muchas ganas de luchar. Inspira, en todos los sentidos en los que alguien puede inspirar. Además, su blog ha sido de gran ayuda, y sus proyectos literarios, el empujón que necesitaba para volver a retomar los relatos.

Dejando la escritura un poco apartada, hay muchas lecturas que me han marcado este año. No sería yo sin hablar de libros. Como no quiero enrollarme, si he hablado de ellas en Goodreads, os dejaré el link. Las novelas son: Los Adivinos, de Libba Bray; El Ruiseñor, de Kristin Hannah; El sabor de tus heridas, de Victoria Alvarez; The rest of us just live here, de PatrickNess; y Cómo ser mujer, de Caitlin Moran.

¡He retomdsc_0202ado teatro después de muchos años! No podría estar más contenta con mi grupo, con las clases, con todo lo que estoy aprendiendo. Es increíble. He seguido haciendo dantzas, pasando los viernes a la tarde con mi grupo. Me he abierto el blog, he aprendido a compartir, a perder el miedo a que me lean. He visitado los países que más ilusión me hacía este verano; he conocido Praga, la ciudad más bonita que he visto en mi vida; he estado en Austria, con sus paisajes; en Baviera, con sus castillos de cuento.

He podido ver a una de mis mejores amigas después un año —y cinco años antes de ese— sin vernos. He seguido coleccionando buenos momentos con mis
amigas
: me fui una semana con ellas a Hendaya, fuimos a img-20160502-wa0000Madrid a ver a uno de mis grupos favoritos y volvimos en octubre a ver otro, el cine y las cenas, los batidos cuando no hay nada que hacer. Me han estado apoyando un año más y no podría estarles más agradecidas.

Definitivamente, puede que el año no haya sido bueno, puede que los momentos malos superen en cantidad a los buenos, pero son estos últimos los que quiero recordar, los que quiero que perduren para mirar hacia atrás y darme cuenta de que, en el fondo, he tenido mucha suerte.

La casa de los artistas

Estoy peleándome con mi yo más inseguro para compartir esto, pero estoy tan orgullosa que, ¿por qué no?

Como algunos ya sabréis (si es que me seguís por Twitter o Instagram), hace poco terminé mi segunda novela. Sí, hubo una antes. Y sí, se quedará enterrada en mi ordenador para siempre.

Pero, con La casa de los artistas ha sido muy diferente. He tenido mis altibajos, la he odiado, la he querido… Y, en el fondo, estoy muy contenta con el resultado. Por eso y, aunque sigue en fase de corrección, voy a compartir un pequeño fragmento y alguna pista sobre los personajes. Porque estoy orgullosa. Sobre todo de ellos.

Hay tres personajes principales, dos chicos y una chica. Y he de ser sincera: aunque la protagonista principal sea ella, de los tres es a la que menos cariño le tengo.

No quiero desvelar sobre qué trata exactamente pero hay pequeños detalles: Nueva York, años 20, la música está prohibida y hay un club de música ilegal y un orfanato. Uno de ellos es músico (en las fotos se ve) y ahí empieza el problema.

Espero que disfrutéis de esto, y las criticas siempre son recibidas (argumentadas y esas cosas). ¡Un beso!

ANYA THOMPSON

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—Sólo agárrate a mi mano y acércate un poco más —le pidió Joe.
Ella asintió, tragando saliva, y puso un pie delante de su cuerpo. Después el otro y así cuatro veces, hasta que un par de centímetros la separaron de una caída a la calle. No se atrevía a mirar hacia abajo, y vio que Joe tampoco lo hacía, sino que la miraba a ella.
—Tienes que mirar. Medio segundo —la incitó, sosteniéndola aún más fuerte—. Sentirás el miedo, sí, pero estarás un paso más cerca de olvidarte de él.
Y ella le hizo caso. Admiró la nieve sucia acumulada en las esquinas de las casas y eso fue cuanto vio, porque enseguida apartó la mirada, con el estomago encogido y una terrible necesidad de echarse a llorar. Pero dar un paso más significaba no hacerlo, así que se contuvo y en su lugar abrazó a Joe. Allí, a un suspiro del final del tejado, hundió su cara entre los pliegues del cuello del abrigo y cerró los ojos para asegurarse de que no iba a llorar. Y Joe la correspondió.

JOE ROTHSTEIN

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Se dio la vuelta. Joe apretó los puños contra los costados para resistirse a retenerla. Tenía miedo, miedo de que esa fuera la última vez que la viera, aunque su sonrisa antes de girarse había indicado lo contrario. Todos los temores que había ido reteniendo empezaban a escaparse entre las gritas de su coraza y podían salir. Ella podría verlos. Todo el mundo los vería. Jaime se acercó a él y se puso delante, haciendo que la joven se perdiera entre los trabajadores.
—Todo va a estar bien, Joe.
Y esas eran las únicas palabras que él necesitaba.

JAIME FUENTESjaime

—Pesadillas —afirmó Jaime. Se pasó las manos por el pelo, nervioso y clavó la mirada en el suelo—. Sé de lo que me hablas, todas las noches me pasa lo mismo. A veces me quedo a dormir en el orfanato con la excusa de ayudar a Ali temprano, pero en realidad lo hago porque aquí me olvido de ellas. No tengo tanto miedo a quedarme dormido como cuando duermo solo. A veces, hablo  y Mickey viene a tumbarse conmigo. Pone su peluche en medio y se acurruca contra mí, como un escudo que me protege de todos esos malos sueños.
Anya quería contarle el porqué de sus pesadillas. Quería hablar con alguien de la muerte de Owen, de todos los cambios que había sufrido su familia hasta quedarse sola. Pero al mismo tiempo sentía que no era capaz de abrir la caja que contenía esa información, que no encontraba la llave por ninguna parte. Cargar con un dolor tan fuerte ella sola cada vez se le hacía más difícil.
—Yo no puedo huir de ellas —se limitó a decir con un deje de tristeza en la voz. Ojalá se pudiese huir de una persona, de un recuerdo.
—Supongo que no —admitió Jaime, borrando la sonrisa—. Pero siempre está bien tener a alguien que te ayude a olvidarte de ellas cuando te despiertas.

FRAGMENTO

—¿Estás seguro de que quieres hacer esto?
¿Seguro? Estaba seguro de que quería salir corriendo. Jaime tenía razón y era una locura. ¿Qué más daba? Tenía a su mejor amigo, a su familia, a los niños del orfanato, no la necesitaba a ella. Debería estar en La casa de los artistas y no delante de un taller mugriento del Bronx.
Pero allí estaba Joe, con el sombrero ladeado y los labios formando una sola línea blanquecina que lo hacían parecer enfermo. Su propio reflejo en el cristal sucio le devolvía la mirada, le reprochaba lo que estaba haciendo. Pero, por alguna razón y para su sorpresa, no sentía remordimientos. No había el menor resquicio de culpabilidad alimentándose de sus preocupaciones. Estaba ilusionado, sentía miles de burbujas que se abrían paso hasta los lugares más recónditos de su cuerpo: el hueco entre el dedo y la uña, la punta de las pestañas.
—Pero, ¿tú estás seguro de que trabaja aquí?
—Sí, aquí me desperté.
—Igual solo te trajo porque estabas borracho y ella nerviosa —dijo, mordiéndose la uña del pulgar. Tenía diecinueve años y estaba más asustado que un niño—. Se metería en el primer sitio seguro que encontrara.
—Estás buscando excusas. Nadie te obliga a esto. Si no quieres, eres libre de irte.
Joe suspiró. Solo tenía que entrar y hablar con ella. ¿Hacía cuánto tiempo que no tenía que hacer amigos? Es más, ¿hacía cuánto tiempo que había decidido que ya no quería más amigos? Si ella no quería hablar, no pasaba nada, ¿no? Hasta el día anterior ni siquiera sabía de su existencia. Ya estaba. Entraría, la saludaría y después se preocuparía por lo que viniera.
Era temprano, tal vez las ocho de la mañana, pero la gente que ya estaba en la calle estiraba el cuello para observar a ese joven que tenía un marcado aire de extranjero, aunque la única frontera entre su mundo y el Bronx era un río y el dinero.
—Joe, si no vas a entrar nos vamos al orfanato. Ali estará gritando porque no la hemos avisado de que llegaríamos tarde.
—Dos minutos —insistió Joe, rozando el picaporte con la mano.

 

Segunda estrella a la derecha

Hace unos días fui a ver a una de mis mejores amigas bailar con su grupo de baile. Eligieron representar Peter Pan, que es una de mis historias favoritas del mundo. Así que, si disfruto muchísimo viéndola bailar en otras actuaciones, esta me gustó de manera especial.

Ayer vi esta foto que hicieron para inmortalizar esos 45 minutos y se me ocurrió un relato. La que sale en la foto es mi amiga, Maialen, y a partir de lo que me sugería decidí crear lo que viene a continuación. ¡Espero que os guste!

 

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Fotografía por Jull Roc

Tal vez ellos tuvieran razón y yo no me había dado cuenta. Era muy parecido a quedarse dormida. A ese proceso en el que ya no tenía que obligar a la mente a pensar, se abría hueco entre mis memorias. Cada vez que tocaba el suelo del escenario sentía eso. Era suave. Era como cerrar los párpados.

Podía imaginármelo todo. Podía ver lo que quisiera y sentirlo. Quizás eso era lo único que me mantenía despierta. Con los ojos cerrados mi piel se convertía en ellos; observaba, percibía. No necesitaba la luz, porque sabía dónde estaba. Segunda estrella a la derecha. Sólo tenía que seguir ese brillo que en realidad no estaba allí. Era más bien calor. Y me guiaba, me mecía a su gusto, como si sólo fuera una bolsa de papel.

Pero mis pies eran plomo. Habían echado raíces, y yo me sentía segura. Ese calor no me iba arrastrar, no si yo no lo quería. El suelo de madera era mi casa, pero, yo ya no era yo. Estaba dentro de un sueño. Y venía la sombra, se burlaba de mí, porque me resistía a la luz. Porque yo quería crecer. Aparecía él y me convencía. ¿Cómo no iba a hacerlo? Un mundo ideal. Mentiras, engaños. Pero lo seguí. ¿Quién iba a culparme?

No quería abrir los ojos. No quería ver su brillo, no quería caer. Pero yo estaba segura. Porque siempre había estado segura allí donde sabía confiar. Mis pasos eran firmes, mis movimientos eran suaves, pero por dentro nada de eso importaba. Allí pertenecía.

En realidad, lo mío era más la luna que las estrellas.

Conocerla

El otro día Ana sacó el tercer reto de escritura con ItacaProds y, aunque ya le he mandado el relato y es el mismo que vais a leer ahora, quería subirlo para que os animéis a participar en un reto tan bueno. A mí me ha ayudado mucho a conseguir inspiración para escribir.

Si os interesa, os dejo el blog de Ana para que podáis entenderlo mucho mejor. Y la foto, como ya he dicho antes, es de ItacaProds y me parece maravillosa.

Espero que disfrutéis del relato, me ha encantado poder escribirlo.

La primera vez que conseguí que me desvelara el lugar de sus recitales, me presenté allí sin saber muy bien qué me iba a encontrar. Era una cafetería pequeña, estrecha como un pasillo que se escondía entre dos edificios. Me quedé unos minutos fuera antes de entrar, observando cómo los pisos
altos de los edificios se apoyaban entre ellos, como si fueran a caer.

La cafetería, en contra de lo que me había esperado, estaba abarrotada de gente. Me sentí bien al ver que era el único del instituto, porque, aunque fuera estúpido, significaba que ella sólo me había revelado el sitio a mí. Era como un pequeño secreto compartido entre nosotros dos, un secreto que acortaba la distancia abismal que nos separaba. Como si fuera un bote salvavidas, que te mantenía a flote aunque sabías que en algún momento se hundiría.

Me senté en uno de los butacones desgastados que había en el lateral, justo al lado25179109833_b9ec330a97_k del escenario. Quería verla bien, porque estaba seguro de que de lejos me perdería todos los pequeños detalles. Sabía que no estaba bien. Sabía demasiado bien que no era normal la manera en la que necesitaba conocer todo de ella. No
me molestaba que ocultara secretos, pero cada vez que me contaba uno, aunque fuera minúsculo, sentía que la conocía un poco más. En realidad, y de eso me di cuenta tiempo después, nunca la conocí de verdad, ni siquiera un poco. Sus secretos, o al menos los que se atrevía a compartir conmigo, no eran más que hechos ridículos sin importancia que en su momento no fui capaz de ver.

Entonces, cuando empecé a pensar que tal vez ese no era mi lugar, ella apareció sobre el escenario. Me fijé en cada paso que daba, cómo levantaba el talón y dejaba que todo el peso de su cuerpo cayera sobre la punta de sus pies. Sus brazos se balanceaban ligeramente, parecían movidos por una brisa imaginaria. Podría haber detenido mi análisis allí, pero necesitaba conocer más. Sus cejas, la curvatura de sus labios, el ceño fruncido, la sonrisa triste. No podía parar, una vez que empezaba a observarla quería saberlo todo, verlo todo.

Me miró. Sus ojos me taladraron y me sentí completamente expuesto, como si con ese pequeño choque de miradas de apenas unos segundos fuese capaz de descubrir lo que se ocultaba en mí. Cosas que ni yo mismo conocía. Pero apartó la mirada, y cuando quiso hablar, lo único que salió de su boca fue una carcajada. Y eso fue más impactante que cualquiera de las poesías que vinieron después.